¿Cómo fué esto? ¿qué pasó? ¿en qué me equivoqué? Te amé, mentira, te sigo amando, mi pecho me duele cada vez que te miro, los recuerdos invaden mi cerebro, aquellos momentos que pasamos, que fuimos felices, estoy loco y confundido cuando no estás. ¿Sabés qué? estoy totalmente idiotizado por vos.
Siempre me cautivaron tus ojos de cristal, tu cabello negro como la noche, tu sonrisa rosa, tu piel blanca y suave, ¡ja ja ja! nunca me dió el cuero para ser poeta, no soy mucho, pero siempre te dí todo.
Quien soy, lo que soy, lo que pienso y a dónde voy, todo eso me enseñaste y me diste, no existe palabra lo suficientemente explícita para especificar lo que siento en este momento.
Cuando te vi con ese gil por primera vez casi estallé, mi corazón no paraba de golpearme, estuvo a punto de parar por un instante, mis lágrimas nunca fueron suficientes para ahogar definitivamente este sentimiento, te extraño demasiado, estoy seguro que volveremos a ser felices.
¿Me escuchás? ¡Escucháme carajo! Estoy enterrado, estoy muerto por causa tuya, sos demasiado para mí. Es más, no puedo creer lo que me está pasando ahora mismo. Me rompiste y me volviste a reconstruir, lo que hiciste conmigo no tiene palabras, no tiene razón de existir, eso es algo que no debería ser, algo demasiado fuerte, demasiado poderoso, demasiado complicado para mi gusto.
Mis lágrimas no fueron lo suficiente para excitar tus ansias egoístas, querías más, querés más, pretendés ser el centro del universo, ni siquiera Galileo podría explicar con el Sol lo que pretendés ser, ni siquiera Dios es lo suficientemente enorme para saciar tu ego, nunca es suficiente para vos, nunca la inmortalidad quedó tan corta.
Me equivoqué, lo admito, uno comete errores, especialmente cuando el corazón es el que gobierna sobre los actos, de hecho, ahora mi corazón dice que te tengo que odiar, te dí todo, no soy mucho, pero vos eras todo para mí, mal agradecida hija de puta (…)
Las diez y siete puñaladas, los azotes, la putrefacción, estuvieron presentes esa larga noche, esa larguísima noche, es más, esa noche tormentosa, con rayos y truenos, esa noche que lloraba por la ausencia en la Tierra de un ángel, esa noche que fue más que eterna, esa noche en la cual el infierno visitó el planeta e impuso una nueva sucursal, esa noche, en la cual hasta el diablo estaba devastado ante tanta atrocidad, ante tanta humillación, ante tanta pasión.
La carne se hizo azul y la sangre era el decorado preferido de la habitación, una habitación en la cuál se impregnó tanto amor que confundió la seducción con el delirio, la paranoia, la emoción, el llanto, los gritos, la desesperación.
Todo estaba perdido, todo pasó por un pedazo de metal frío que permitió a Azrael llevarse el alma de una criatura que no permitió ver en su debido tiempo las bondades de Ahava, bondades que tiene un límite demasiado delgado con la perversión que todos nosotros conocemos.
Ambas partes del cuello se desangraron, el abdomen dejaba a la vista las partes más necesarias del ser humano para poder subsistir, en las partes íntimas se dejaron ver cosas que no son necesariamente relacionadas con lo que uno acostumbra a escuchar, en lugar de vida, esa parte fue violada por la muerte, una muerte tan retorcida y atroz que la mente humana no es capaz de definir algo tan ruin, tan vil, tan osado que escapa a la imaginación misma y forma parte del espectáculo más grotesco que uno puede llegar a percibir en una vida, o mejor dicho, ni en la muerte misma uno es capaz de ver eso.
Horas antes de la escena final, el muchacho había pronunciado un discurso errático, lleno de preguntas imposibles y frases vacías, lo más cerca a la verdad que pronunció en ese momento fué “¡¡Morí, morí, morí carajo!!, no te quiero volver a ver, no merecés la felicidad, tus hermosos labios nunca más volverán a saborear la vida y tu agonía será infinita”.
(…) ¿Sabés que? de hecho te voy a seguir, en el infierno nos vamos a encontrar una vez más, y ahí te voy a amar, una vez más, esta vez, sí va a durar toda la eternidad.
Él entonces, agarró el revolver, la miró, y jugo el juego siniestro del azar, obviamente, todo estaba preparado para que no pierda, coloco las balas en todos los agujeros, apunto a la cabeza, y estiro del gatillo. Después de escucharse el sonido del trueno un nuevo color rojo se había apoderado de las paredes, incrustándose pedazos de su cerebro apasionado en las paredes.
El escenario se mostraba al fin en todo su esplendor, la chica degollada estaba colgada de una viga de madera, todas sus heridas pararon de sangrar hace ya un buen tiempo, toda la pieza tenia el hedor a dos vidas frustradas por una idea errada. Por el otro lado estaba también otra victima de la catástrofe del rechazo, de la desolación, de la angustia, la impotencia y la locura, su cabeza se convirtió en un ovalo con un cráter en el lado derecho de la cara, su cara de llanto desesperado seguía impregnada en su forma.
Al describir esta escena se pregunta uno, ¿Qué es lo que lleva a una persona a cometer semejante acto de maldad pura? Bueno gente, lo único que puedo decir es que lo que impulsó a esa persona todos nosotros lo sentimos, lo anhelamos, lo deseamos, forma parte de uno de los objetivos básicos de todo ser humano.
Hay muchas maneras de ver el amor, él eligió verlo de esa manera, pensaba que su exceso podría justificar un sentimiento que jamás pudo controlar, un sentimiento que no sabía lo que era.
Estaba loco, no cabe lugar a dudas, pero a pesar de todo, solía amarla…